Ricardo Forster sobre la razón técnica. (Extractos tomados de “Itinerarios de la Modernidad”. Los destacados son nuestros).
En este
sentido, uno de los elementos más importantes de la reflexión de la Escuela de
Frankfurt, particularmente en este caso, de Adorno, es la pregunta por la
tensión intrínseca del despliegue de la razón en el mundo moderno. No simplemente
la constatación de la razón como deudora de los ideales ilustrados, deudora de
la búsqueda y aspiración de libertad, de transparencia, de armonía social, de
democratización, sino también paridora de aquellas formas que van a devorar
paulatinamente esos mismos ideales que estaban en la estructura fundacional de
la Modernidad, que van a ir resquebrajando la idea de libertad, de igualdad, de
armonía social, de transparencia, de una razón que podríamos denominar
sustantiva, que está profundamente imbuida de un espíritu crítico, de
interrogación, de invención, de novedad, de búsqueda de nuevos horizontes.
De una razón que aparece como núcleo donde se reúne el espíritu de la crítica
con la aspiración de la libertad, de la igualdad y de la transformación radical
de la sociedad, vemos emerger a lo largo
del siglo XIX, y claramente en el despliegue histórico social del siglo XX, lo
que podríamos denominar un tipo de racionalidad fundada ahora ya no en la
sustantividad de estos conceptos, en la búsqueda de libertad, sino en la
instrumentalización racional, en los mecanismos a través de los cuales el
desarrollo científico técnico va a ir produciendo un proceso creciente de
homogeneización social, cultural, técnica, que tiene que ver con un mecanismo
de dominación y transformación de la naturaleza que se convierte en mero objeto
de conocimiento o de transformación y también, esa razón instrumental, se
convierte en un" organismo que genera sobre las estructuras sociales,
procesos de racionalización burocrática, de industrialización creciente, de transformación
urbana, de masificación, de cuantificación de lo social. La razón apuntala un
despliegue científico técnico que, lejos de posibilitar la construcción de la
armonía social, de una humanidad liberada de las ataduras del trabajo, produce
otro tipo de ataduras y genera nuevas formas de enajenación. Este es un
concepto central en la reflexión de estos pensadores. En una sociedad que despliega riquezas cada vez más fabulosas, en una
sociedad que está inventando de una manera profundamente original, inédita, la
industria del ocio, la industria de la cultura, que está gestando una revolución
técnico-científica inusual, un proceso de transformación general de las
conciencias y las estructuras de la sociedad, sin embargo, lejos de alcanzar
los ideales ilustrados del siglo XVIII, los ideales de libertad, de igualdad,
de democracia, de armonía social, está creando las condiciones para nuevas
formas de barbarie, de destructividad, para nuevos mecanismos intrínsecos a la
sociedad, generadores de una violencia cada vez más creciente. Escribe
Adorno:
“La historia universal tiene que ser construida y
negada. A la vista de las catástrofes pasadas y futuras, sería un cinismo
afirmar que la historia se manifiesta en un plan universal que lo asume todo en
un bien mayor, Pero no por eso tiene que ser negada la unidad que suelda los
factores discontinuos, caóticamente desperdigados, y las fases de la historia;
el estadio de la dominación sobre la naturaleza interna. No hay historia
universal que guíe desde el salvaje al humanitario; pero sí de la honda a la
superbomba. Su fin es la amenaza total de los hombres organizados por la
humanidad organizada: la quinta esencia de la discontinuidad”.
(…) Pero lo que interesa recalcar es que hay dos
ilustraciones: una ilustración profundamente reivindicable, de la que
carecemos, y que tiene que ver con los conceptos de autonomía, emancipación,
con la relación compleja entre libertad e igualdad, entre orden normativo como
ley jurídica e igualdad material. Tiene que ver también con esta apelación a la
autoconciencia, a la disponibilidad crítica, al lento trabajo de la
autoilustración, la idea de un hombre que es capaz de pensar críticamente el
mundo, que es capaz de dialogar críticamente con otro hombre, que es capaz de
construir la comunidad de hablantes que racionalmente pueden llegar a
entenderse; pero es también la idea de un hombre que se rebela al sometimiento,
frente a las tutelas, frente al imperio de la arbitrariedad. Podemos hablar entonces de una ilustración
libertaria, que funda un concepto de humanidad; de humanidad que al mismo
tiempo se sostiene sobre la individualidad autónoma. Pero también tenemos que
hablar de otra ilustración, que va desplegando una racionalidad absorbente,
cuantificadora, que va limitando la exterioridad, que va dominando la
naturaleza, que supone que el hombre es esencialmente estructura racional; que
va, de alguna manera, rapiñando la propia dimensión de la libertad, la propia
dimensión de la crítica, la propia dimensión de la autonomía y de la
emancipación en la construcción de modelos de racionalización, de
cuantificación, que son cada vez más unificadores; una racionalidad burocrática
y una modernización que finaliza devorando las pluralidades, las diferencias y
al propio espíritu crítico. Es decir, habría una ilustración que se traiciona a
sí misma. Habría -podría decirlo en términos habermasianos- una ilustración
inconclusa; es decir, que perdió la batalla contra una ilustración que no supo
resolver las contradicciones de la libertad y la igualdad; una ilustración que
se convirtió en ideología de la dominación, en ideología de una sociedad
imperial, en ideología de la modernización a ultranza, en ideología de la
racionalización científico-técnica del mundo. Una ilustración que parió, en
términos frankfúrtianos, una razón instrumental, técnico-instrumental. Por
lo tanto, habría en el interior de la propia ilustración, un movimiento de
contra-ilustración, que buscaría reivindicar aquella pérdida de la segunda
ilustración, de esos elementos que fundaron el espíritu crítico de la
ilustración.
Nosotros
habitaríamos el tiempo donde, paradójicamente, lo que se ha desplegado es el
triunfo de una racionalización malsana, que ha agotado las pluralidades, el
espíritu crítico, el movimiento de la autonomía individual. Este sería un poco el problema. Viviríamos en el tiempo de la conjunción del Leviatán hobbesiano con el
despliegue de la racionalidad técnico-instrumental. El espíritu libre, abierto, crítico de la ilustración fue en parte
devorado por una nueva forma de la dominación. Uno podría pensar que en el
corazón de la ilustración, en el concepto de razón de la ilustración, en el
concepto de subjetividad de la razón, en el concepto de representación de la
ilustración, ya aparece, como matriz de fondo, la tendencia de la propia razón
a convertirse en autárquica, en cuantificadora y en racionalizadora del mundo.
El proceso de desencantamiento de la naturaleza, que es un momento fundacional
y esencial a la propia ilustración, implica no solamente liberar al hombre de
las ataduras de la superstición, para conocer mejor a la naturaleza, sino
también implica liberar al hombre para transformar radical y rabiosamente a la
naturaleza, para abarcarla, para consumirla, para rapiñarla. Tenemos los dos elementos: por un lado, el
desencantamiento como un modo de crear una conciencia crítica: la ciencia no es
posible sino en el interior de una tendencia desencantadora. Yo no puedo pensar
científicamente la naturaleza si no elimino el misterio, la concepción mágica
de la naturaleza. Sin embargo, si elimino radicalmente la concepción mágica de
la naturaleza, si agoto su misterio, si la cuantifico, si la legislo en
términos científicos, abro también el camino para la conversión de la
naturaleza en mero objeto de estudio y de transformación, en ámbito de la
rapiña, de la producción exacerbada, de una sociedad que precisamente agota a
la propia naturaleza. Por eso, esa imagen de Benjamín cuando dice que si a
la naturaleza le fuera dada la palabra, no alcanzarían los libros del mundo
para que ella pudiera expresar todo su dolor. Sin duda, en el interior de la tradición ilustrada, nos encontramos con
estos dos elementos: por un lado, la apertura a la libertad de indagación,
donde el hombre ilustrado construye el mito de la ciencia. El científico del
siglo XIX, que va a ser casi la figura paradigmática del héroe del progreso,
nace de esta ilusión, de esta certeza que la conciencia ilustrada tiene de la
ciencia como liberadora, como iluminadora, como instrumento para quebrar a la
superstición. Sin embargo, con el despliegue histórico de la modernidad, de la
sociedad capitalista, con el desarrollo extensivo de una lógica productivista,
con el despliegue de las fuerzas de producción, de la transformación radical de
la naturaleza, lo que vemos, por el otro lado, es una naturaleza empobrecida,
vaciada, sufrida. La crisis ecológica quizás ha nacido en el interior del
propio mundo de la conciencia ilustrada. Nació en el preciso instante en que el
sujeto se constituyó a sí mismo como lugar de la verdad; en el preciso instante
en que la naturaleza fue puesta como objeto de conocimiento, convertida en
objeto de una representación, en ámbito de una cuadriculación racional
científica. Allí la naturaleza comienza a ser rapiñada, aunque también comienza
a ser conocida: aparece la tensión, aparece la contradicción indudable. ¿Cómo
frenar la aventura del conocimiento?, que sabemos que, como aventura, libera
fuerzas que no podemos controlar. Es como el aprendiz de brujo, es como el
Fausto de Goethe, cuando Mefistófeles le entrega a Fausto la genialidad, se la
entrega para que Fausto transforme el mundo. Pero la transformación del mundo
implica también destrucción. Hay una dialéctica perversa entre el movimiento de
la conciencia creativa, constructiva, y la propia liberación de fuerzas
destructivas. Como Benjamín dice: "Todo acto de cultura es al mismo tiempo
un documento de la barbarie”. La creación, la modificación de relaciones
sociales, la transformación de la naturaleza, deja sus cadáveres, deja su dolor
inmenso. Cuando una comunidad campesina es violentamente modernizada,
violentamente urbanizada, cuando sus tradiciones culturales son destruidas, nos
encontramos quizás, por un lado, con la introducción de lo moderno en esa
comunidad campesina (la democracia, los derechos civiles, la igualdad ante la
ley); pero al mismo tiempo, nos encontramos con una orfandad tremenda, con una
pérdida de raíces, de identidades. Los dos movimientos son hijos de la
modernidad: el movimiento de emancipación, el movimiento de igualdad, el
movimiento que nacía de esta concepción de la abstracción y de la universalidad
y de la idea de humanidad; y ese profundo y arrasador movimiento que va
destruyendo las estructuras tradicionales. La modernidad es eso: liberación de
fuerzas creativas y también liberación de fuerzas destructivas. Por lo tanto,
cuando uno piensa en la ilustración, cuando uno piensa el siglo XVIII, tiene
que pensar en esta dialéctica, tiene que pensar en estas contradicciones, tiene
que pensar que, ya en los orígenes, en la genealogía del sujeto .moderno,
aparecía esta tensión, aparecía esta debilidad estructural del sujeto. Cuando el sujeto se convierte en pura
razón, lo hace negando su cuerpo, lo hace negando todo aquello que no puede ser
definido desde la razón. Allí hay una violencia originaria que va a tensionarse
cada vez más, hasta estallar. La experiencia de la violencia, de la
brutalización, de las barbaries de nuestro propio tiempo puede ser leída en el
origen genético de la propia subjetividad moderna, en la profunda violencia que
la razón, que el cogito, ejercen sobre las pasiones, sobre la voluntad, sobre
los instintos. Adorno y Horkheimer plantean la idea de que a una naturaleza
reprimida, en el exterior, se le devuelve, como movimiento, la rebelión de una
naturaleza interior también reprimida. El fascismo, los discursos totalitarios,
las prácticas violentas de nuestro propio tiempo, serían la rebelión del cuerpo
contra los procesos de racionalización a ultranza; serían la rebelión de la
naturaleza contra el sometimiento al que fue conducida por el propio despliegue
de la racionalidad técnico-científica.
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