Ricardo Forster sobre la Escuela de Frankfurt. (Extractos tomados de “Itinerarios de la Modernidad”. Los destacados son nuestros).
Una de las características generacionales,
biográficas, intelectuales, de estos pensadores
de principios de siglo es que todos son hijos de una enorme crisis
espiritual, de una profunda redefinición de la cultura, de un tiempo histórico
que comenzó a revisar profunda y
críticamente los legados centrales de la Modernidad. Todos, de algún modo,
son exponentes de un movimiento de revisión crítica, de un intento de reescribir la gramática profunda de la sociedad moderna.
Podríamos pensar que, en algún sentido, casi todos
ellos son deudores de un gesto inaugurado por un poeta, por Mallarmé, poeta
simbolista, cuando habló de la ruptura del pacto de las palabras y el mundo.
Repentinamente, decía Mallarmé, el lenguaje ya no encuentra la posibilidad de
expresar el mundo tal cual es. Por lo tanto, frente a esa imposibilidad, frente
a esa ruptura del pacto, Mallarmé, un creador de palabras, un inventor de
lenguajes, decía que el poeta tenía como misión navegar en su interioridad para
encontrar un nuevo lenguaje que le permitiese inventar un nuevo mundo. A
diferencia de esa correspondencia e inteligibilidad entre palabra y mundo,
entre palabra conceptual y realidad, que había sido casi un dato intrínseco a
la filosofía de la Modernidad, filosofía científica, filosofías racionalistas,
filosofías positivistas, nos encontramos con una ruptura, con un quiebre del
contrato, con una suerte de dispersión del sentido. Ya no se trata de retratar
la realidad tal cual es. La vieja pintura del realismo, del naturalismo del
siglo XIX, dejó paso a una pintura descentrada, a una pintura de la
subjetividad, a una pintura que buceaba en el interior del sujeto, para
encontrar la manera, las estrategias de construir la realidad; es decir, la
propia realidad puesta en cuestión como lugar de apropiación de un lenguaje
objetivo. Aquella vieja tesis de
comienzos del siglo XIX enarbolada por Hegel, uno de los grandes filósofos de
la Modernidad, cuando decía: “Todo lo
real es racional y todo lo racional es real”, quedó profundamente
cuestionada; una suerte de ruptura de la cadena de sentido entre la realidad y
la razón, entre el sujeto del lenguaje y el mundo de la realidad. Esto
implicó una aventura del pensamiento, pero también una enorme perplejidad, es
decir, había que volver a pensar todo de nuevo, había que construir
sistemáticamente, aventureramente, una nueva manera de establecer vínculos con
el afuera. Esas búsquedas tuvieron distintas características, significaron
distintas estrategias para atravesar la crisis de la Modernidad, la crisis de
algunas de las ideas que a lo largo de casi doscientos años le dieron forma a
la filosofía, a la cultura y a la política de la Modernidad. La crisis del concepto de razón, la crisis
del concepto de subjetividad, del concepto de tiempo, del concepto de
narración, del concepto de realidad, del concepto de progreso, la crisis del
concepto de verdad, del concepto de valor.
Desde
Nietzsche en adelante podríamos decir que la estructura valorativa de la
sociedad burguesa, de la sociedad moderna, quedó puesta en cuestión. Desde las profundas revisiones que las vanguardias
estéticas hicieron de la relación entre el sujeto y el mundo a partir del acto
estético, también fueron puestas en cuestión las posibilidades de decir, de
retratar, de ficcionar el mundo. Pero también en el ámbito de los discursos
científicos, en el campo de la física, de la lingüística, la emergencia del psicoanálisis,
significaron nuevos intentos para pensar, para indagar, para dar cuenta de esta
profunda crisis de los supuestos constitutivos del pensamiento clásico de la
modernidad.
Por ejemplo, en la sociología de finales del siglo
XIX, en pensadores como Max Weber, como Durkheim o como Pareto, apareció la necesidad de pensar lo que no
había sido pensado: el mundo de las masas, la dimensión de las conductas
irracionales. La Modernidad clásica,
la Modernidad burguesa, la Modernidad de la Ilustración, había confiado en la
posibilidad de, siguiendo el camino de la razón, dar cuenta de todos los
fenómenos; los fenómenos de las conductas subjetivas, de las conductas
sociales, de las conductas políticas, y sin embargo, en el interior de la
sociedad, en el movimiento histórico complejo de esa misma sociedad, lo otro,
lo obturado, lo que había sido cercenado, o que había sido simplemente negado,
comenzaba a emerger y lo hacía de una manera profundamente provocativa. Por eso las mejores conciencias de la
época, los pensadores más agudos, comenzaron a recorrer el camino altamente
problemático de interrogar aquello que no tenía voz, escuchar paradójicamente
una voz que no había sido escuchada. Escuchar,
en el caso de Freud, la voz del inconsciente, a través de las fallas, de los
lapsus del lenguaje. Weber, Durkheim, Pareto o Simmel, grandes sociólogos
de principios de siglo XX, trataron de reflexionar sobre los fenómenos ocluidos
de lo social: lo irracional, lo instintivo, la violencia, los procesos de masificación
social. Ya no se trataba de pensar la
única dimensión de la razón en el sentido de una dimensión positiva,
esperanzada, optimista, transparente, sino que ahora se trataba de dar cuenta
del otro rostro de la razón. Ya no la promesa del progreso, la promesa de la equidad,
de la democratización de la sociedad, del desarrollo técnico-científico para
definitivamente liberar a los hombres de la esclavitud del trabajo, sino una
dimensión destructiva de la razón, destructiva de los lazos tradicionales, de
las identidades, una razón que apuntaba a la cuantificación, que era solidaria,
no con procesos de liberación del individuo, sino con procesos de
cuantificación social, de masificación, de industrialización. “Hoy, en
nuestro tiempo, escribe George Friedman, hemos descubierto la vertiente más
sombría de la razón”. Y una de las vertientes intelectuales que influyó
decisivamente sobre la Escuela de Frankfurt fue aquélla que se detuvo a
analizar esa dimensión “sombría” y destructiva de la razón (Nietzsche, Freud,
Simmel, Heidegger, “hicieron ver el carácter problemático de la razón al
mostrar cómo desplegaba poderes destructivos tanto como salvíficos”).
En
las postrimerías del siglo XIX, pensadores educados en la tradición del
racionalismo, pensadores profundamente deudores de esa tradición ilustrada,
liberal, comenzaban a estudiar lo que podríamos llamar el rostro de Jano de la
razón (Jano era aquella
deidad de los tiempos grecolatinos que cuando invertía su rostro nos ofrecía,
por un lado, la belleza absoluta y por el otro, lo horrible, la fealdad. En una
misma criatura aparecía lo bello y lo horrible, lo que salva y lo que elimina,
la esperanza y la catástrofe). En
múltiples sentidos, la razón de finales del siglo XIX comenzó a ser
interrogada, ya no desde la dimensión salvadora, desde la dimensión optimista,
ilustrada, progresista, sino desde la dimensión de lo oscuro, la dimensión de
lo irracional en el interior mismo de la razón. Este va a ser un tema central de la Escuela de Frankfurt: cómo la
propia razón es capaz de producir dispositivos profundamente irracionales. “La
razón pura -escribe Adorno- se convirtió en antirrazón, en conducta impecable y
vacua […] El progreso se invierte y se convierte en regreso [...] La tendencia
a la autodestrucción pertenece desde el comienzo a la racionalidad, no sólo
idealmente sino también prácticamente [...] Su ‘irracionalismo’ se deduce de la
esencia misma de la razón dominante y del mundo hecho a su imagen”
(Dialéctica del Iluminismo). Un ejemplo
muy sencillo: la razón como fundamentadora del desarrollo científico-técnico es
capaz de producir dispositivos para la aniquilación cuantitativa
técnico-científica de los seres humanos. La Primera Guerra Mundial, la
experiencia concentracionaria a partir del Nacionalsocialismo, muestran que es
posible racionalizar la sociedad en un sentido profundamente represivo,
profundamente destructor de la ilusión del siglo XIX de la máquina liberando al
hombre. Algunas de las corrientes centrales del pensamiento utópico, político,
filosófico, del siglo XIX, desde los sansimonianos hasta el propio Marx,
creyeron profundamente en que el despliegue de la máquina, de las fuerzas
productivas, del desarrollo técnico-científico, iban a crear las condiciones
para la construcción de una sociedad más igualitaria, más humana, de una
sociedad mejor. Sin embargo -y éste es el punto-, el despliegue, el desarrollo
histórico, la ampliación del desarrollo de la técnica y del maquinismo, también
produjo, lejos de la realización de esos sueños del siglo XIX, formas de la
destrucción y de la barbarie. Paradójico destino el del despliegue sin límites
de la racionalidad moderna que termina por fragmentar a su promotor: el sujeto. Es falso suponer, sostendrán los
pensadores de la Escuela de Frankfurt, como lo ha planteado la tradición
iluminista, que la época del triunfo de la razón técnico-instrumental implique,
a su vez, la coronación de una subjetividad libre. La lógica de la dominación,
el mecanismo de la homogeneización de hombres y cosas, la realización del
proyecto iluminista-burgués, supone el vaciamiento de la subjetividad sobre la
que se montó ese proyecto, su sujeción a las estructuras de una sociedad
atravesada íntegramente por la racionalización y la despersonalización.
La
pregunta a la que apunto, que comenzaban a hacer algunos filósofos y artistas,
era si realmente este lado del maquinismo, este lado de la razón, este otro
rostro de Jano de la razón, era algo exterior, era una desviación, era una
deformidad, o si era constitutiva de la propia realización histórica de la
razón en la sociedad del capitalismo. Si era la razón y su despliegue histórico un
movimiento que involucraba tanto la lectura optimista, la lectura del progreso,
la lectura de una sociedad transparente y racional, así como la realización
efectiva de una sociedad más enajenada, más masificada, más cuantificada, que
se apresuraba a potencializar sus instintos destructivos. Será a través de una
afecta y crítica lectura de la obra sociológica de Max Weber, y de su propia
interpretación de la modernidad como un proceso “fáustico”, que los frankfurtianos llegarán a construir la
idea de una dialéctica de la ilustración, de un proceso de
construcción-destrucción.
No
nos olvidemos que esta generación vio cómo todo un mundo se caía a pedazos
literalmente en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. No estamos hablando de metáforas. No estoy
describiendo la anticipación genial, que aún no se ha realizado, de un artista.
Estoy hablando de pensadores que en
última instancia intentan pensar lo impensable, que es la bancarrota, en el
corazón sufriente de las trincheras, de los ideales hegemónicos de la
Modernidad ilustrada, de los sueños burgueses. Van a intentar pensar, como en el caso de Walter Benjamín, el lugar
nuevo, atípico y fundamental del arte en la época de la reproducción mecánica y
masiva, la emergencia de una cultura masificada de lo que los frankfurtianos
después van a denominar la industrialización de la cultura, previendo en algún
sentido fenómenos como el de Hollywood, fenómenos como el de la expansión de
los medios de comunicación masivos que generan una nueva sensibilidad, una
nueva estética, una nueva manera de establecer relaciones con la realidad.
Pero también -y éste es un punto central-, en la medida en que ese contrato
-del que yo hablaba- en el que se unían las palabras con el mundo, fue
declarado roto, apareció la posibilidad de impregnar la realidad con un nuevo
dispositivo que podríamos denominar dispositivo estético. La estética atravesó
la política, comenzó a construir la cotidianeidad, comenzó también a definir la
propia historia del cuerpo, del gusto, de lo social. En este sentido, también
en Benjamín aparece una relación y una reflexión inédita, original, entre
discurso político y estetización de la política en la experiencia del Fascismo
y del Nacionalsocialismo.
Una
de las características propias de la Modernidad ilustrada del siglo XVIII, de
la Modernidad del progreso, es la idea de que es posible, a través de la razón,
de las revoluciones técnico-científicas, producir una sociedad más armónica,
más racional; que de algún modo los tiempos que se abren, el futuro, serán
conquistados por la razón y la conciencia ilustrada. Sin embargo, escribe George Friedman, la “razón” que
había desvanecido los mitos en el mundo, destruyó horizontes y dejó al hombre
vacío y carente del rumbo. La ciencia,
que había aspirado a someter la naturaleza, tuvo éxito pero subyugó también al
ser humano. La libertad, que había sido la promesa y la premisa de la razón y
de la ciencia, se desvió hacia el formalismo vacío o hacia la franca barbarie.
Una de las cuestiones centrales, que va a aparecer en el pensamiento de finales
del siglo XIX -con Nietzsche, con la poesía simbolista de Mallarmé, también la
poesía de Baudelaire de Las flores del mal o Una temporada en el infierno de
Rimbaud-, es que va señalando anticipaciones críticas y disruptivas en el
interior de esta ilusión moderno-racionalista ilustrada, en este intento de,
simplemente, armonizar razón y realidad, en aquella frase que yo les citaba de
Hege:.“Todo lo racional es real y todo lo real es racional” va encontrando las
fisuras, las fracturas, los claroscuros. Por
eso hablábamos de un rostro de Jano, como si detrás del rostro del Iluminismo,
de la pedagogía democrática, de una sociedad más transparente apareciese lo
salvaje, lo instintivo, lo primitivo, aquello que había quedado reprimido por
la conciencia moderna.
(…) Es como si los hombres de finales
de siglo XIX hubieran sentido el peso y la asfixia de la razón, de una
conciencia omnipotente que creyó que podía dar cuenta de todo: dar cuenta de la
naturaleza a través de la física newtoniana, dar cuenta de la sociedad a través
de un instrumental teórico conceptual que le permitía explicar las conductas
sociales, que a través de la psicología de la conciencia podía explicar las
conductas de los individuos. Un tipo de organización del saber, un tipo de
organización política, filosófica, institucional, que tenía en las certezas de
la conciencia su postulado de verdad. Este
carácter racionalizante tiene mucho que ver con el despliegue histórico de la
Modernidad burguesa, capitalista, con el tiempo del triunfo de una razón
técnico-científica, o de lo que después los pensadores de Frankfurt denominaron
la razón instrumental. Una razón, como escriben Adorno y Horkheimer, que se ha
convertido en una “finalidad sin fin”, que, precisamente por ello, se puede
utilizar para cualquier fin.
Este es el punto: hacia finales del siglo XIX
comenzaron a emerger en forma de nuevas preguntas y planteos desarrollados en
el interior de los discursos sociales, filosóficos, estéticos, religiosos,
políticos, los otros modos de ser de los hombres, de las sociedades y de la
naturaleza. Comenzó a aparecer lo
oscuro, lo primitivo, lo irracional, la violencia que atraviesa profunda y literalmente
a una sociedad; no simplemente la transparencia de la razón o de la conciencia,
ni mucho menos la transparencia de las sociedades. Hasta agosto de 1914,
sólo algunos artistas de genio o algunos filósofos de genio -pienso en
Nietzsche, en Mallarmé, en Baudelaire, en Rimbaud o en Dostoievsky, quizás en
Marx- habían intuido, habían leído a contrapelo -porque de esto se trata: la
Modernidad había leído en un sentido, y ahora se comenzaba a leer a contrapelo
de ese sentido. Pero a partir de agosto
de 1914, cuando estalla la guerra, es un mundo, una certeza, la que se hace
pedazos. Este es el punto: ahí ya no es sólo cuestión de la intuición de
artistas o de pensadores, allí no es cuestión del camino abstracto de un
discurso filosófico que quiere hablar del otro lado de la razón. Ya no se trata
de un romanticismo renacido sin ningún tipo de correlato en lo real, sino que
se trata precisamente de un estallido de la realidad misma, de las certezas, de
los cuerpos reales, concretos, que es contemporáneo al estallido del concepto
de verdad de la Modernidad del siglo XIX, que es contemporáneo de aquel modelo
civilizatorio que a partir de la Revolución Francesa, de los ideales
ilustrados, va a ir alimentando política, cultural, filosófica y
científicamente la experiencia de los hombres del siglo XIX. Es como si en 1914
aquello que se había congestionado, el patio trasero de la historia, aquello
que había juntado vapor en el interior de la caldera, hubiera encontrado
primero un pequeño resquicio y después, a partir de él, hubiera estallado
definitivamente. El estallido de aquello
que antes se aceptaba como verdadero implicó necesariamente la redefinición de
las estrategias intelectuales, teóricas, filosóficas, a partir de las cuales la
Modernidad había intentado explicarse a sí misma.
(…) Una
de las características de la aventura intelectual de la Escuela de Frankfurt,
que se inicia a finales de los años '20 y se despliega durante la época del
’30, ’40, ’50 y parte de la década del ’60, fue poner en cuestión la legitimidad
de todo pensamiento fundado en la lógica del sistema, de todo pensamiento capaz
de abarcar todo desde sí mismo, de esa intención muy cara a la filosofía y a
los dispositivos modernos, de tratar de explicar desde la lógica del sistema,
lógica totalizadora, la verdad del mundo, la verdad de las sociedades, la
verdad de las conductas humanas. La Escuela de Frankfurt, heredando quizás en
este sentido el pensamiento aforístico, fragmentario, de Nietzsche, planteó la
necesidad de construir un tipo de reflexión filosófica que fuera capaz de dar
cuenta de la fragmentación que en el propio momento histórico que estaban
viviendo se había operado sobre la verdad, sobre la sociedad, sobre la
política. Frente a los grandes dispositivos explicativos de la Modernidad, dispositivos
hegelianos, dispositivos liberales, dispositivos marxistas, se trataba de
deconstruir, es decir, de volver a pensar, en el interior de lo fragmentario de
esos discursos, casi en un sentido freudiano, una sociedad por sus fallas y no
por sus certezas. El discurso de Marx, por ejemplo, leído entrelineas y no en
sus evidencias dogmatizadas por los epígonos. Se trataba, en última instancia, de escuchar las voces
tenues pero anticipatorias de algunos pensadores, de entrelazar discursos
diferentes, de un tipo de aventura intelectual que implicaba cruzar distintas
fronteras. Es decir, frente a los saberes disciplinantes, frente a los campos
claramente establecidos, se trataba de yuxtaponer diversos saberes filosóficos,
estéticos, políticos, psicoanalíticos, sociológicos; el saber de la filosofía,
el saber del arte, el saber nuevo, innovador, del psicoanálisis. Pensar la
complejidad de un mundo a partir de una red compleja. Cuando decía que una de
las características innovadoras, perturbadoras, del fascismo fue que supo este
tizar la política, quise decir que el discurso político estetizado del fascismo
fue capaz de penetrar en el interior de aquello que estaba por detrás de la
conciencia de los hombres; fue capaz de interpelar el instinto, el salvajismo,
lo oscuro, lo irracional, pero fue capaz de interpelar todo eso a través de
técnicas y de mecanismos creados por el despliegue de la racionalidad técnica.
(…) El
Nacionalsocialismo no puede ser pensado sólo como el fenómeno de la barbarie,
una barbarie primitiva, de onda y piedra. Tiene que ser pensado -van a decir
los frankfurtianos-, en el interior del despliegue de la racionalización
técnica del mundo, en el interior de lo que Jünger denominaba la
"movilización total”, es decir, esas sociedades moderno-contemporáneas
propias del despliegue capitalista, que hacen de la movilización total de todos
sus recursos, detrás de un objetivo, el eje vertebral de su existencia. La
guerra aparece como enorme metáfora para Jünger, que muestra cómo una de las
características innovadoras de la sociedad contemporánea es este proceso de
movilización total, a partir del cual el individuo comienza a ser profundamente
saqueado, deconstituido por movimientos sociales, políticos, técnico-racionales
que se despliegan desde la lógica de la cuantificación. Ya Max Weber, uno de los fundadores de la sociología clásica, hablaba
de la época de la racionalización burocrática de la sociedad. También hablaba
de la época del desencantamiento del mundo; una doble tenaza: por un lado, la
naturaleza, que ha sido convertida en espacio matematizable por el nuevo
discurso de las ciencias; por otro lado, los procesos de racionalización del
trabajo, de la administración de la sociedad. El Estado moderno, diría Weber,
sintetiza estos procesos de racionalización de las conductas sociales.
Entonces se enfrentaban a un nuevo mapa de lo social, de lo cultural, de lo
político. Se enfrentaban a un enorme desafío intelectual, al desafío de aquello
que había permanecido simplemente sin palabra. En un texto clásico, posterior,
de Michel Foucault, La historia de la locura en la época clásica, Foucault
hablaba de los mecanismos de exclusión que eran intrínsecos al despliegue de la
Modernidad -hacía referencia a la locura. Nosotros podríamos hablar ahora de
esos mismos mecanismos de exclusión, que sin embargo en otra coyuntura
histórico-social, aparecen de una manera violenta y que le exigen al
pensamiento social, filosófico, histórico, tener que dar cuenta. Porque aquí
aparece un tema central: si bien Mallarmé había planteado la ruptura del
contrato entre las palabras y el mundo, todavía en gran medida, estos hombres,
estos intelectuales, estos artistas, de principios de siglo XX, suponen que es
posible rearticular ese contrato, hacer coincidir el sentido de las palabras
con la realidad del mundo.
(…) La
aparición de las distintas corrientes intelectuales de la época y una profunda
revisión de aquellos supuestos centrales y estructurales de la Modernidad, la
puesta en discusión del lugar hegemónico de la razón, la crisis de los
supuestos científicos heredados también de la Modernidad vía la puesta en cuestión de la física newtoniana a
través de la física relativista, el surgimiento de algunas formas de la
lingüística, que va desarrollándose de Saussure en adelante, determinase, junto a otras cuestiones
también centrales, el clima intelectual en el que se formaron los filósofos de
la Escuela de Frankfurt. Al mismo tiempo, y en paralelo con la crisis
intelectual, una profunda transformación histórico-social, la guerra, la revolución,
la industrialización, la masificación, los crecimientos urbanos, la emergencia
de un tipo de producción cultural que se va masificando, la tecnología puesta a
disposición de una cultura cada vez más deshumanizada, el advenimiento del cine
como una experiencia nueva e inédita que produce un nuevo tipo de sensibilidad,
la relación también nueva e inédita entre fascismo y política, el problema
terrible de la realización de lo utópico, en el sentido del horror de esa
realización. Nosotros somos hijos del fracaso profundo de la realización de
lo utópico, en esos momentos ejemplares de comienzo del siglo XX. Entonces se
trata de pensar a esta generación dentro de un tiempo caracterizado por el
sacudimiento general de las conciencias, el sacudimiento de todos los supuestos
que conformaron el itinerario histórico de la modernidad. Nos encontramos ante una generación de pensadores que intentarán,
haciéndose cargo de las tradiciones en las que se formaron, reiniciar la
construcción de una filosofía crítica. Adorno, Benjamín, Marcuse y Horkheimer
constituyen, para nosotros, una tradición indispensable a la hora de tener que
interrogarnos por nuestras propias incertidumbres y desasosiegos. Su memoria
intelectual permanece en las búsquedas que hoy nos urgen.
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