Alicia Entel sobre la industria cultural (Extractos. Los destacados son nuestros)
Tal como lo desarrollan ampliamente a continuación, en
el capítulo "Industria cultural. El iluminismo como engaño de las masas",
Horkheimer y Adorno consideran que, a
través de la industria, todo se convierte en "proceso repetible y
sustituible". Incluso la disposición de las percepciones humanas ya
estaría premoldeada por el aparato conceptual vigente.
El ejemplo que
dan resulta tal vez un tanto esquemático, pero elocuente. Dicen:
"Kant ha anticipado intuitivamente lo que ha sido
realizado conscientemente sólo por Hollywood: las imágenes son censuradas en
forma anticipada, en el momento misino en que se las produce, según los módulos
del intelecto conforme al cual deberán ser contempladas" {ibideitr. 105).
Leo Lówenthal se concentró especialmente en la década
del cuarenta en el análisis de la "cultura de masas". Desde fines de
los años veinte se había mostrado interesado en el análisis estético y hacia
1940 sus reflexiones también aportaron a la crítica de la industria cultural
formulada por Horkheimer y Adorno. En 1942 Lowenthal escribió a Horkheimer, que
estaba en California, comentándole de su trabajo sobre las biografías populares
en las revistas. Horkheimer recaló en la importancia de los aspectos señalados
por Lowenthal, a quien le manifestó en una carta: "Me agradaron particularmente los parágrafos sobre 'repetición'.
Esta categoría jugará un rol muy decisivo en todo el libro. Lo que usted
llama la falta de rebelión contra la repetición eterna en la vida y el arte
destaca la mala resignación del hombre moderno, que es, por así decir, el
tópico principal entre líneas y que será uno de los conceptos básicos de
nuestro libro..." (citado por JVl. Jay, 1991: .349). Precisamente, esta idea de repetición de lo mismo cobraría un lugar de
importancia para describir a la "industria cultural'" en diversos
aspectos, no sólo en el de sus contenidos. Adorno y Horkheimer utilizaron la expresión "industria cultural"
por primera vez en su Dialéctica del Iluminismo. En alguna medida, el
concepto tenía la virtud de sintetizar con precisión una característica de la
cultura contemporánea que difícilmente podía hallarse en otros como
"cultura de masas'", "cultura popular" o "arte de masas".
Además, poseía claras connotaciones "antipopulistas" (M. Jay, 1991: ,353).
Adorno mismo se refirió años más tarde —en un texto de 1967- a la supresión de
la noción de "cultura de masas" en el texto definitivo de Dialéctica...
y su reemplazo por "industria cultural" con el fin de "eliminar
desde el principio la interpretación más corriente, es decir, que se trataba de
una cultura que surgía espontáneamente de las propias masas, de una forma
contemporánea de arte popular" (citado por M. Wolf, 1991: 94). "Industria cultural" daba cuenta
de la producción en serie de la cultura, aunque en lo inmediato apareciera como
una forma cultural de las masas. Es
importante enfatizar que la crítica que dirigen a la industria cultural está
inscripta en la preocupación por el momento de "parálisis del
iluminismo", por el modo en que las sociedades occidentales habían
arruinado su "potencial emancipador" (M. Jay, 1988: 28). De ahí
que también esté presente la intención de mostrar esta nueva configuración
cultural como arcaica. Esta forma de proceder ha sido muy característica en Adorno,
a quien es atribuido —al igual que el excursus de Odiseo— el ensayo sobre la
industria cultural.
Adorno
y Horkheimer dirigieron su crítica a la pretensión de ser creaciones estéticas
de los productos de la industria cultural, es decir, de la pretensión de ser
"verdad representada". Lejos de contener algún elemento de utopía, la
cultura de masas se había convertido en "profeta de lo existente" y
había consolidado su carácter afirmativo”'. Pero, además, había presionado sobre el modo de ser
el arte. En Dialéctica del Iluminismo, Adorno
y Horkheimer afirmaron que la "industria cultural" -a través de la
igualación y la producción en serie— sacrificó "aquello por lo cual la lógica
de la obra .se distinguía del sistema social" (H. y A., 1971: 148). En
este punto, estaba también presente el problema de la "atrofia del
aura" que había advertido Benjamin, aunque no lo interpretara en el mismo
sentido. Esta lógica se refiere a la autonomización relativa del arte respecto
de la vida social, a su posibilidad de ser "distinto" y
"distante'" —por lo tanto potencialmente crítico- de aquello que lo
crea.
(…) La
"cultura de masas" en el marco de las sociedades fascistas -pero también
en aquellas otras que podían caracterizarse como representativas de la idea
adorniana de "mundo administrado"— venía a jugar un papel que
favorecía el control y la sumisión de las capas populares, engañadas y
atrapadas por la apelación a esos aspectos de la vida humana que el iluminismo
había desvalorizado. De ahí que los autores asumían una posición de crítica
radical hacia el conjunto social y se alejaban de las posiciones
condescendientes respecto de las masas.
En explícita distancia respecto de otras posturas que
veían "la diversidad" y el "carácter democrático" de la
cultura masiva, Horkheimer y Adorno
partían de una tesis diferente: la diferenciación y el caos cultural eran
desmentidos cotidianamente por los hechos (H. y A., 1971: 146). Los filmes, la radio, las publicaciones
periódicas, antes que una serie desordenada de expresiones culturales
"constituyen un sistema" tendiente a la "uniformidad".
(…) La cultura mercantilizada, "cosificada",
es despojada de sus elementos críticos y vuelta funcional con una
"irracionalidad racionalizada"'. De lo que había que dar cuenta, más
que de formas plurales de acceso a la cultura, era de la expansión de una
"racionalidad" que atraviesa al orden social y, en este caso de modo
específico, a la cultura. La dispersión y la diversidad eran vistas como
sistemáticamente generadas por la producción industrial de "bienes
culturales".
(…) la tesis de
Horkheimer y Adorno, tiene plena vigencia en el siguiente sentido: la
"estandarización" y la "tendencia a la homogeneidad"
constituyen premisas materiales básicas del modo de producción industrial de la
cultura. Cualquier intento de análisis que prescinde de esta lógica, caería
—y de hecho sucede— en una grave ceguera. Las distinciones entre filmes, entre
semanarios y sus costos, etc., sirve más para comprender cómo son organizados y
clasificados los consumidores. Todo
ocurre en el marco de una racionalidad en la que los comportamientos son
producidos: "Para todos hay algo previsto, a fin de que nadie pueda
escapar; las diferencias son acuñadas y difundidas artificialmente"
(H. y A., 1971: 149). La "nueva cultura popular" cambiaba sus
relaciones con aquellos sectores relativamente ajenos a ella a partir del
dispositivo de los medios masivos; entonces, los sectores rurales y los
sectores "cultivados" también eran afectados por el sistema de comercialización
(T. Adorno, 1966: 12).
La
industria cultural —por medio de la producción estandarizada de la diferenciación—
otorga al público la posibilidad aparente de "elegir". Pero, en
realidad, ofrece indiscriminadamente a todos aquellos que la sociedad —en el
mismo procedimiento- va a quitarles (H. y A., 1971: 170). Entonces, la Escuela de Frankfurt no dirigió su implacable crítica a la industria
cultural "porque fuera democrática, sino precisamente porque no lo era"
(M. Jay, 1991: 35.3). En ese marco el
hombre cree poder moverse como un sujeto libre cuando en realidad su
comportamiento es de adaptación a una legalidad y una racionalidad que sirve
para someterlo. La racionalidad técnica como dominio de la naturaleza está
también puesta al servicio del control de los hombres. La apariencia de
libertad de elección del sujeto frente a los productos de la industria cultural
pone de relieve su falsedad al promover una libertad donde las opciones a tomar
ya fueron tomadas por el mercado, que es el que verdaderamente elige. Se trata
de una situación paradojal en la que una cultura industrializada (y degradada)
es aparentemente democrática, pero produce la "conformidad" con una
sociedad profundamente injusta. Por ello. Adorno y Horkheimer señalaban:
"La idea de 'agotar' las posibilidades técnicas dadas, de utilizar
plenamente las capacidades existentes para el consumo estético de masa, forma
parte del sistema económico que rechaza la utilización de las capacidades
cuando se trata de eliminar el hambre" (H. y A., 1971: 168).
(…) Si la cultura había sido una forma de contener los
impulsos —sean éstos revolucionarios o proclives a la barbarie- cuando se
industrializa llega más lejos aún: "Enseña e inculca la condición necesaria
para tolerar la vida despiadada. El individuo debe utilizar su disgusto general
como impulso para abandonarse al poder colectivo del que está harto" (H. y
A., 1971: 183).'*' El "consuelo" ofrecido por la industria cultural
es que "adaptándose" se puede seguir sobreviviendo.
(…) La astucia de la "industria cultural" —y
el "engaño" o "estafa" que implica- consiste en realizar en
el plano de lo simbólico la promesa de lo que está impedido: "La industria
cultural vuelve a proporcionar como paraíso la vida cotidiana. (...) La distracción
promueve la resignación que quiere olvidarse en la primera" (H. y A.,
1971: 171).
(…) El dominio
ejercido por la industria cultural permite instalar la moral del dominio en
"las masas engañadas que creen en el mito del éxito aun más que los
afortunados". La "conciencia servil" consiste, exactamente, en
que las masas "reclaman obstinadamente la ideología mediante la cual se
las esclaviza" (H. y A., 1971: 162). Y la industria responde
astutamente a tal demanda, aunque esta última -señalan Adorno y Horkheimer— no
haya sido sustituida todavía por la "pura obediencia" [ibidem: 165).
(…) La "cultura" industrialmente producida
queda así "bien atada", "administrada" y
"concienzudamente calculada" (1. Adorno, 1984: 233) y contribuye como
un medio a reproducir la racionalidad de la totalidad social, aun cuando los
fines a los que contribuye sean irracionales y puedan contradecirse con ella. Esas formaciones espirituales reducidas a
"bienes culturales" son manufacturas que sirven a los fines de
dominio {ibidem: 243). En este sentido, el "mundo administrado"
en el que pensaba Adorno, parecía haber llegado incluso a eliminar todo resto
de "terquedad", como había llamado Hegel a la "libertad que
todavía subsiste dentro de la servidumbre" (G. Hegel, 1991: 174). Al
contrario, cada uno debía "garantizar" su identificación con el
"poder por el que es golpeado" (H. y A., 1971:184).
(…) La
uniformidad de la industria cultural tiene como procedimiento al esquematismo
que, a su vez, permite conservar la apariencia de competitividad y libre elección.
La misma producción de novelas se hace pensando en la posibilidad de convertirlas
en filmes, siguiendo un tipo de procedimiento constructivo acorde al trabajo
técnico. La omnipresencia del autor, que a veces se tiende a buscar, no
puede ser tal: los productos de la industria cultural también están atravesados
por la división del trabajo; de ahí que las huellas de aquel son sumamente
relativas. "La industria cultural realiza el esquematismo como el primer
servicio al cliente." En ello reside su "intencionalidad
astuta", ya que no hay nada por hacer, distinguir y calificar que no lo haya
sido de modo previo "en el esquematismo de la producción" {ibidem:
151).
(…) La
industria cultural se caracteriza por la repetición de lo ya aceptado y en ese
sentido "el arte de masas excluye la historia mediante sus 'congelados'
modelos" (T. Adorno, 1984: 34). La cosificación del clisé (y no el clisé
a secas) en la industria cultural y la aparición azarosa de lo que ya ha sido
decidido por el sistema, manifiesta que en el "mundo administrado"
los hombres son producidos como sujetos y han renunciado a ser protagonistas:
"Todo lo que ocurre, ocurre a los hombres, en vez de ocurrir por ellos"
{ibidem). Traspolando una idea desarrollada en el ensayo "Concepto de
iluminismo" podríamos decir que la falsedad de la industria cultural
reside en ese proceso por el cual todo "se halla decidido por
anticipado" (H. y A., 1971:39).
Otro aspecto en torno al control de las acciones
humanas tiene que ver con las formas en que se organizan las relaciones entre
trabajo y tiempo libre. Trabajo y ocio, que en apariencia constituyen instancias
opuestas, están inscriptos en la misma racionalidad: el descanso se asemeja al trabajo. Precisamente, "la fuerza de la
industria cultural reside en su unidad con la necesidad producida y no en el
conflicto con ésta, ya sea a causa de la omnipotencia o de la impotencia. El amusement
es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscado por quien
quiere sustraerse al proceso del trabajo mecanizado para ponerse de nuevo en
condiciones de poder afrontarlo" {ibidem: 165).
(…) La
industria cultural, en cambio, se dirige a entretener y divertir. El amusement
"libera" del pensamiento como liberación y construye una "apología
de la sociedad" cumpliendo la función de "profeta de lo
existente" (H. y A., 1971: 174).
Recomendada de modo continuo por la industria cultural
—a través de la diversión— la risa opera como "un instrumento de estafa
respecto a la felicidad" {ibidem: 169). De esto se desprende en qué
situación son colocados los espectadores: fantasía,
imaginación y espontaneidad se ven "atrofiadas" y
"adiestradas", aunque los productos estén hechos de tal forma que
exijan actividad para su "percepción adecuada" {ibidem: 153).
"Quien quiera adaptarse —escribió más tarde Adorno— debe renunciar cada
vez más a la fantasía" (T. Adorno, 1973: 59). "El espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión
lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada."
(H. y A., 1971: 166). Al individuo la
industria le reclama sólo su disposición al entretenimiento. El significado de
la diversión es prestar acuerdo: "El llamado entretenimiento... no es otra
cosa que un medio de entrenamiento...", sentenciaba Horkheimer (1973b:
136).
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